El espejo roto de la esclavitud
Cuando lo conocí Gil pasaba las horas sentado en la silla verde, debajo del árbol de la manga, mirando en silencio a los niños de la escuela pé do atleta que jugaban al fútbol. Parecía esperar a que el paisaje lo atrapara, a hacerse invisible. Llegó al Centro de Defensa de la Vida y de los Derechos Humanos de Açailândia (CDVDH-A) para denunciar a quienes lo habían esclavizado y decidió quedarse en la ciudad a esperar la llegada de los fiscales de trabajo. Durante el tiempo que convivimos juntos en el CDVDH hablábamos por las tardes, sentados en los escalones del patio, de los desmanes del encargado, de las amenazas y de la humillación que sufrió mientras era un trabajador esclavo. Nunca faltaban las palabras excepto cuando tocaba hablar del futuro, entonces no había sueños que cumplir, no había ni grandes ni pequeñas expectativas, se escudaba tras su analfabetismo para convencerse de que la vida era poco más de lo que había sido hasta entonces. Pero el Centro de Defensa no es un lugar para la derrota, cuando pasó un mes alquiló una habitación y le ayudaron a encontrar un trabajo, empezó de camarero en un bar al que solíamos ir a verlo con frecuencia. Volví a España.

Dos trabajadores en la puerta del CDVDH-A
Cuando regresé a Brasil la segunda vez y me encontré con Gil casi no lo conocía. Madre mía! Pesaba 10 kilos más, se había arreglado la boca y tenía novia. Estaba feliz y me lo contaba con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Quién me lo iba a decir? decía abrazándome. Gil siempre ha sido para mí el reflejo del trabajo del Centro de Defensa de la Vida y de los Derechos Humanos de Açailândia. Que aquel joven ausente que llegó hace dos años y medio sea hoy un hombre libre y con la ilusión formar una familia es una victoria de los hombres y mujeres que a diario se dejan la piel en ese empeño. Por eso Gil es uno de los protagonistas del documental que hace unos días emitieron en TVE, porque él es el resultado de una lucha contra gigantes. Os dejo el enlace.


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